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Memoria y música



Nuestros recuerdos no son del todo reales. Más bien, son una recreación de la realidad vivida. La interpretación que el cerebro hace de nuestras vivencias. Por eso, a menudo, una experiencia compartida por varias personas es recordada de forma algo diferente por cada una de ellas.

El criterio preferido por el cerebro para organizar las memorias, para decidir qué se debe recordar y que se puede olvidar, es su contenido emocional. Nos acordamos sobre todo de aquello que nos impactó emocionalmente, bien positivamente bien negativamente. A menudo, con un cierto sesgo hacia esto último.

Las experiencias que vamos teniendo a lo largo del día, lo que leemos, estudiamos, vivimos, se van acumulando en una región del lóbulo temporal del cerebro denominada hipocampo. Pegada al hipocampo y en estrecha relación con él, se encuentra el núcleo de la amígdala cerebral. En este núcleo se elabora el componente emocional de los recuerdos. Durante el sueño, específicamente en las fases de sueño profundo y sueño REM, el cerebro decide lo que quiere guardar en la memoria a largo plazo y lo que prefiere olvidar. Los recuerdos del día que sean seleccionados, se reparten por la corteza cerebral, donde quedan almacenados. Cuanto más impactante emocionalmente haya sido una vivencia, o más se haya repetido la situación, más fácil es que el recuerdo del hipocampo sea seleccionado para ser almacenado en la memoria a largo plazo de la corteza cerebral.


En el anclaje de la memoria a largo plazo juega un papel fundamental el componente sensorial que las envuelve. Un aroma, la luminosidad de un día, los sonidos que poblaban el ambiente… Este componente sensorial es la tecla, que saca el recuerdo del cajón cerebral donde lo guardamos en su día y lo aflora a nuestra conciencia.


Entre los componentes sensoriales de un recuerdo, la música tiene especial relevancia. Oír nuevamente las canciones que escuchábamos en un viaje, o en un determinado periodo de nuestra vida, automáticamente nos transporta a esos momentos, rememorando incluso circunstancias que creíamos tener olvidadas. La música tiene una cadencia, un ritmo, una armonía, y a nuestras neuronas les gusta acoplarse y seguir ritmos que ordenan su actividad, de modo que, además del componente emocional, ya de por sí intenso, la propia naturaleza de la música hace que los recuerdos se fijen mejor. Y, a la vez, deja una marca con lo que localizarlos.


Los pacientes con deterioro cognitivo, van notando como poco a poco se va borrando su memoria, como va desapareciendo su experiencia vital. Pero muchas veces, los recuerdos siguen ahí, solo que el cerebro ha olvidado el camino para rescatarlos. Como si fuera un gigantesco archivo del que se pierde el índice, de modo que no hay forma de saber lo que guarda ni como localizarlo. Las pistas sensoriales le ayudan a buscar un camino alternativo. Un aroma nos puede hacer rememorar a determinada persona y lo que se vivió o sintió al olerlo en otros momentos. Y, sobre todo, una música puede reorganizar ese archivo y hacer aflorar los recuerdos guardados, aunque olvidados, y revivirlos como si estuvieran ocurriendo ahora. De esta forma, al oír una determinada melodía, las canciones que le gustaron o que escuchaba en un tiempo, el paciente puede recuperar memorias que no sería capaz de rememorar sin la ayuda de esa pista musical. La música le transporta en el tiempo y le permite recuperar ese pedacito de su vida que había quedado perdido en su corteza cerebral.


“Tócala otra vez, Sam” y con la canción se abrió el baúl de los recuerdos.

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